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Destiempo
Salió de su casa en busca de calor humano, alguien que quisiese escucharlo y con quién pudiese charlar. Miró a todos lados, buscó en todas direcciones, pero no vio a nadie, simplemente miles y miles de personas sin rostros, marchando todas a un mismo tiempo; tiempo que no se correspondía con el suyo. Un grito desgarrado se desprendió de lo más profundo de su ser pero nada pasó, nadie volteó su cabeza, nadie cesó en su andar, nada cambió; como un estruendo que va a dar un país de sordos.
Estaba desesperado, no sabía qué hacer, cómo detener esa maldita realidad que estaba absorbiéndolo, como a todos los demás, atrayéndolo a ese vórtice gigantesco de monotonía, de rutina.
Corre desesperado, le aterra la idea de volverse simplemente una cuadrícula, pasando, de ese modo, a formar parte de aquel interminable ajedrez humano. No quiere pertenecer a ese mundo y llora, llora a la vez que da fuertes alaridos pidiendo auxilio. La gente pasa a su lado pero nadie se detiene, van demasiado preocupados como para notar que, en medio de la ancha vereda, se halla parado un hombre, luchando para no ser como ellos, como todos, como ninguno.
Miles y miles de personas van y vienen a toda velocidad, se trata de pequeños mundos, mundos aislados; él lo nota y la desesperación crece. Mientras tanto, la gente camina y continúa haciéndolo durante horas. Se trata de una operación automática, inconsciente: primero un pie, luego el otro; tan simple como eso. La operación termina para volver a comenzar y repetirse una y otra vez. La mirada siempre al frente. Ninguno sabe lo que sucede a sus costados.
Ya no lo soporta, no puede soportarlo, no quiere soportarlo, su mano derecha, resuelta, se introduce en el interior del saco y busca la pistola. Lentamente y sin perder la calma empieza a sacarla, está seguro de lo que desea, completamente seguro. Eleva la pistola y, cuando ésta se encuentra justo en la sien, aprieta fuertemente el gatillo dejando ver su mejor sonrisa, un hilo de libertad se desprende con el último suspiro y el cuerpo se desploma en el pavimento. Un hombre alto, con sobretodo marrón, sombrero negro, y un pequeño maletín en la mano tropieza con el cuerpo, protesta por aquella porquería que se encuentra en el suelo, obstruyendo el paso y sigue su camino.
Al anochecer, en el noticiero central, un periodista informa que un hombre se quitó la vida en la mañana, en Avenida Vieiras al 700, agregando que se desconoce aun su paradero, lo mismo que los motivos del suicidio। Un hombre alto, con sobretodo marrón, sombrero negro, y un pequeño maletín en la mano exclama -¡qué raro, yo me pasé toda la mañana allí y no vi nada! ¡Pobre hombre, qué lo habrá llevado a tomar una decisión semejante! Es lo que siempre digo,¡cada vez el mundo está peor!
MELINA (agosto 2005)
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